Animales enfermos

En su primera Crítica, Kant dejó establecido que toda la filosofía se puede abordad desde la pregunta: ¿Qué es el ser humano? La pregunta por el qué hace referencia a la esencia de algo, sin embargo, parece que nuestra especie no puede ser reducida a una definición. Por su puesto que podemos establecer definiciones generales, como las de ‘animal racional’, ‘animal político’ o, la que reúne a todas, la de ‘persona’ o ‘sujeto racional’.

No obstante, el mismo hecho de ser sujetos racionales o conscientes hace que seamos animales absolutamente indefinibles, incapaces de ser reducidos a una definición. Lejos de ser una virtud, parece que ser sujetos conscientes, más aún, autoconscientes, constituye nuestra debilidad, nuestra ‘enfermedad ontológica’. Así lo entendió Unamuno, para quien el ser humano es un animal enfermo:

“El hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad”

Unamuno, El sentimiento trágico de la vida.

Pensemos, ¿Qué otro animal se siente culpable por lo que hizo en el pasado, frustrado por el presente y ansioso por el futuro? ¿Hay otro animal que se pregunte por el sentido de su vida o por su identidad? ¿Existe otro animal que pueda ser arrebatado por una idea, una que altere toda su configuración vital? Sartre, en su novela La Nausea lo describió de una manera inmejorable: «… se ha producido un cambio durante estas últimas semanas. ¿Pero dónde? Es un cambio abstracto que no se apoya en nada. ¿Soy yo quien ha cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay que elegir. Creo que soy yo quien ha cambiado; es la solución más simple. También la más desagradable».

Para Unamuno, es precisamente el hecho de ser conscientes lo que nos hace animales enfermos, no nos basta con habitar el mundo natural, pues no somos pura naturaleza. Diana Aurenque, en Animales enfermos, nos señala que «los seres humanos somos animales, por un lado, pero nuestra relación con la naturaleza es tensa, somos animales ‘deficitarios'». De forma similar, Nietzsche decía:

«El hombre está más enfermo, es más inseguro, más voluble, más indeterminado que cualquier otro animal, de eso no hay duda, es el animal enfermo”.

Nietzsche, De la genealogía de la moral.

Esta enfermedad vital que es la conciencia está representada teológicamente en el mito de la Caída. En el Génesis bíblico la humanidad renuncia a un conocimiento impuesto por la divinidad, representado por el ‘árbol de la ciencia’, renuncia a una determinación natural divinamente establecida, a una animalidad predeterminada y conquista la libertad de pensar por sí mismo, de inventarse su existencia, de crear cultura transformando el mundo sin mediaciones divinas.

Aurenque, nuevamente nos recuerda que somos animales enfermos «porque no tenemos una esencia o una naturaleza establecida de antemano». Tal como lo llegó a establecer el existencialismo, no tenemos una esencia fija, sino que construimos nuestra esencia o, como gustaba decir a Ortega y Gasset, somos un constante ‘quehacer’ o, en términos heideggerianos, somos ‘ocupación’. La vida humana es quehacer/ocupación porque no nos es dado el qué ni el cómo hacer en el mundo/circunstancia. Nuestro habitar el mundo no nos viene predefinido, lo tenemos que inventar, por supuesto, con los límites que el propio mundo nos plantea. No obstante, esto implica una tarea aún más ‘enfermiza’, el hecho de que debemos hacernos a nosotros mismos.

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