Entre dioses, héroes y teorías: viaje a lo masculino

Los dualismos antagónicos nos parecen tan naturales como el día y la noche. A través de la simple observación ha sido posible construir cosmovisiones complejas que dividen el cosmos entre fuerzas opuestas que operan en conjunto en una delicada armonía.  Religiones, doctrinas, filosofías y teorías sociales han seguido este principio: el bien y el mal, el orden y el caos, lo sensible y lo suprasensible, lo femenino y lo masculino.

No es sensato menospreciar nuestra percepción. Es a través de ella y la interacción con el medio que comenzamos a construir el conocimiento, como ya lo demostró Jean Piaget en su epistemología genética. Una observación sencilla sobre nuestra constitución humana nos muestra dos sexos que encajan y se acomodan perfectamente en la mirada dual de la vida.  Cuando hablamos de lo masculino y lo femenino, nos referimos a las cualidades que históricamente hemos atribuido como propias a cada sexo.

En la actualidad, cada vez que aparece este tema, se entra en un estado de alerta por la tensión que provoca. Esperamos con atención quién será el primero en decir una perogrullada o una aberración patriarcal. No debemos desconocer, sin embargo, que el debate de lo que es propiamente masculino y femenino pertenece a los círculos académicos. No podemos esperar que una persona que se explota laboralmente 8 o 9 horas diarias, entregue la sofisticada y delicada opinión sobre los géneros y sus roles que se espera para dejar contentos a todos. La mayoría de las personas – y me atrevo a decir que por una razón evolutiva – ordenamos el mundo de acuerdo a nuestras percepciones, sin darle demasiadas vueltas, para economizar energía psíquica.

Sí, la simple percepción del mundo nos puede llevar a pensar que el sol gira alrededor de la tierra o que al final del horizonte hay un abismo. El empirismo y el método científico nos han regalado certezas que nos ayudan a comprender mejor nuestro entorno. La reflexión filosófica sobre la existencia también ha contribuido a desarrollar certezas que van más allá de la mera percepción individual, estableciendo verdades en los acuerdos. El esfuerzo por superar la percepción individual nos ha legado concepciones sobre lo masculino y lo femenino que han sido pilares de la civilización occidental.

Traveseando por la superficie de nuestra historia, podemos encontrar que la masculinidad estuvo ligada a roles de fuerza física, protección y provisión.

Desde un punto de vista religioso– y aunque en algunas culturas la fuerza creadora era femenina – el poder estaba en manos de un dios masculino, principalmente en la cosmovisión judeocristiana y grecorromana. Aquellas primeras civilizaciones regidas por dioses, requerían pactos con hombres que representaran a un pueblo. Abundan las historias de cazadores, guerreros, conquistadores, reyes y héroes que, para bien o para mal, realizaban acciones que repercutieron en la vida de sus pueblos.

La época clásica consolidó la idea de que lo masculino representaba la razón, la autoridad y la política, en contraste con lo femenino que se asoció a lo privado, la emoción y cuidado. Entonces, con un dios masculino y todopoderoso rigiendo en el cielo, construimos siglos de historia en la que lo masculino tuvo el protagonismo.

Hace menos de 100 años, Simone de Beauvoir en su obra El segundo sexo (1949), problematizó de una forma académica la cuestión del género. Abriendo la puerta a pensar en lo masculino y lo femenino no como algo natural ni neutral, sino como una construcción cultural. Más tarde, entre 1970 y 1980, la academia en EEUU y Reino Unido se encargaría de realizar estudios de género influenciados por las bases teóricas establecidas anteriormente por lúcidas pensadoras como la misma Simone y también a Betty Friedan.

Ya en el nuevo milenio, el concepto de masculinidad continuó siendo problematizado. A partir de los años 90, Judith Butler, por ejemplo, propone que la identidad de género es algo performativo. La psicología popular habla de “masculinidad tóxica” para describir los efectos nocivos de ciertas conductas tradicionalmente atribuidas a lo masculino. Además, movimientos sociales en todo occidente han buscado construir “nuevas masculinidades”, concepto que tiene a la base ya no una concepción perceptual de lo masculino sino más bien una construcción teórica.

Afortunadamente muchos hombres en la actualidad tienen acceso a una educación que les permite problematizar el género y sus roles. Sin embargo, también muchos otros hombres no tienen la oportunidad de problematizar su masculinidad y continúan construyendo su identidad y “deber ser” desde la percepción.

Es necesario observar las consecuencias presentes y futuras que traen a nuestras sociedades las ideas sobre la masculinidad. Cabe preguntarse si esta nueva concepción de lo masculino, por el hecho de tener menos de cien años, es solamente una maña, si será recordada como un traspiés en la historia de los sexos, o bien es un acierto que nos puede llevar a un bienestar mayor en nuestro futuro como especie. Podemos preguntarnos también cuál es el rol de la educación en la preservación de los aportes que ha hecho la academia a esta discusión y cómo puede bajar estas ideas a la población general de una forma relevante y amorosa.

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