
Desde hace algunos años, el Estado chileno puso su mirada en la formación de profesores competentes para mejorar la educación en un intento por atender un problema urgente para la sociedad. Se han gestado, a partir de importantes discusiones, cambios relevantes en el sistema educativo desde entonces. Por ejemplo, aparece la Beca Vocación de Profesor, se legisla para acabar con la selección por notas, se terminan los establecimientos particular-subvencionados y se establece una complicada Carrera Docente con más requisitos y mejores sueldos. Todo esto no sin una acalorada lid por las distintas concepciones que el profesorado y los expertos tienen sobre la educación.
A partir de las pruebas estandarizadas nacionales e internacionales, se han obtenido datos relevantes para la discusión sobre educación. Se han implementado cambios, innovaciones curriculares y evaluativas, circulares sobre la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales, atención a la diversidad, márgenes de convivencia para la comunidad educativa; incluso se ha discutido la controversial Aula Segura, debido a los casos de violencia dentro de los establecimientos.
Es el clamor de muchos docentes que nuestra profesión vuelva a tener dignidad y honra, debido a la ardua tarea que es ser educador. Que los padres se involucren en la educación de sus hijos, que fomenten el respeto por la comunidad educativa, la responsabilidad personal y el tener en alta estima la educación como una acción liberadora de la consciencia.
Sin embargo, para la opinión pública la educación municipal sigue siendo malísima. A pesar de los esfuerzos que la prensa ha hecho por mostrar establecimientos públicos de excelencia, los que, si bien tienen logros importantes, honestamente, no son el reflejo de la realidad de la mayoría de los establecimientos municipales en el país.
Continúan entonces los esfuerzos por lavar el rostro de la educación pública. Los municipios hacen campañas para que la ciudadanía elija la educación municipal. Sin embargo, cuando los jefes de hogar tienen la cantidad de ingresos suficientes, no dudan ni por un segundo en enviar a sus hijos a un establecimiento particular. Incluso los docentes que trabajan en el sistema público, cuando encuentran la posibilidad de trabajar en un establecimiento privado, en general, lo ven como una oportunidad de “mejorar”, de “subir de nivel».
¿Qué nivel? ¿Hay estudiantes mejores en los establecimientos privados? ¿son “menos” adolescentes? ¿menos controversiales o inquietos? No creo que esto sea lo que los profesores que abandonan el sistema público tengan en mente. El sistema público agobia y mata la vocación de los profesores jóvenes, los mecaniza, los transforma en transmisores de conocimiento vacío, sin expectativas y sin fe en formar mejores personas por medio de su trabajo.
Alguna vez se trabajó por vocación. Esta es una palabra interesante, del latín vocatio, que significa la acción de llamar. Se utilizó para referirse a “el llamado” se hace a cada ser humano para cumplir un propósito determinado en esta vida, una digna labor para la que uno nace. Durante algún tiempo esta palabra también se utilizó para referirse a cualquier actividad realizada por un individuo, actividad que lo hacía sentir útil y de provecho para sí mismo y para su comunidad. Una actividad que estaba más allá de la remuneración económica y llegaba a entenderse como un servicio a la comunidad.
Hoy la gente dice “hay que tener vocación” para referirse los trabajos difíciles que existen actualmente. Es casi como un título para mártires. Incluso una forma de tapar las malas condiciones en las que muchos profesionales del servicio público sirven a la comunidad diariamente.
Creo que sería bueno recuperar el sentido original de vocación. Que haya más trabajos que se alcancen por convicciones y con un espíritu de servicio por la comunidad, por sobre las ambiciones económicas, que empujan a las personas a trabajos tediosos (no porque existan trabajos tediosos en sí mismos, sino porque no son la vocación) que matan el espíritu.
En este sentido, me gusta el nombre del incentivo “Beca Vocación de Profesor”. Es un nombre acertado. Sin embargo, hoy se incentiva a los que tienen vocación de profesor para que, 5 años mas tarde, esa vocación muera lenta y dolorosamente.
La primera vez que participé del sistema público como docente, lleno de expectación por descubrir los enigmas y misterios que estaban detrás de la puerta del salón de profesores, me llevé una fuerte desilusión cuando, al oír las conversaciones de los docentes antiguos, escuché discursos llenos de conformismo, pesimismo y con bajísimas expectativas sobre los estudiantes que tenían en sus manos. Peor aún cuando un antiguo docente me recibe diciendo “hijo, es muy bonita la pedagogía, pero te mata. Puedes huir, estás a tiempo guachito.”
Me enojé. Consideré que los profesores antiguos estaban amargados por sus malas experiencias particularísimas y traían esa amargura al aula. Sin embargo, al adentrarme dentro del vertiginoso mundo docente, poco a poco comencé a entender la amargura de los docentes. Y los compadecí, pues parecía que ya en algunos años más estaría compartiendo su dolor.
Otro asunto que entristece al nuevo docente, es la poca importancia que los docentes antiguos en general otorgan a su rol como educadores. El docente nuevo piensa “yo quiero educar, quiero ayudar a los estudiantes a ser mejores personas” y quiere encontrar temas de conversación similares en sus colegas. Sin embargo, nos encontramos con docentes poco reflexivos sobre su quehacer pedagógico. No se cuestionan el poco progreso de los estudiantes, simplemente los culpan y los tildan de flojos.
La Evaluación Docente con base en el Marco para la Buena Enseñanza ha establecido muchos parámetros y criterios que definen a un buen profesor: un guía que motiva el descubrimiento en sus estudiantes, que adecua sus prácticas a las necesidades de sus estudiantes, negocia los criterios de evaluación según los intereses de sus estudiantes y que reflexiona durante todo el proceso de enseñanza-aprendizaje tomando decisiones pedagógicas en beneficio del estudiantado. Sin duda, es un marco excelente. Estamos de acuerdo en que un profesor debe ser un guía reflexivo que sirva a sus estudiantes a fin de que estos progresen en su formación. Pero, ¿por qué lo que se ve en la práctica es tan distinto? ¿Por qué los profesores enloquecen cuando deben rendir su Evaluación Docente y preguntan por todos lados qué significa “metacognición” cuando se supone que eso debe ser una práctica habitual?
La solución que se propone desde los teóricos es, muchas veces, exigir más competencia de los profesores. Símbolo de esto es la prueba INICIA y toda la Carrera Docente. Sin embargo, me atrevo a sospechar que el remedio puede ser peor que la enfermedad.
De buena fe pregunto ¿cómo un profesor, que se arriesga por una carrera la cual realmente requiere vocación para elegirla, se entregaría voluntariamente a una práctica mecánica e irresponsable de su profesión? Yo digo que esto es producto de un sistema impersonal y opresor.
Un establecimiento municipal “x”, en general, tiene cursos de 40 alumnos y Jornada Escolar Completa. Incluyendo reuniones de apoderados, concejo de profesores, charlas, licenciaturas, aniversarios, celebraciones y actos. El Marco para la Buena Enseñanza espera de un docente que pueda cumplir sus requisitos en estas condiciones.
Haciendo un ejercicio simple, un docente del sistema público tiene aproximadamente 6 cursos (240 alumnos aprox.). Planificar las clases, elaborar material (y también material personalizado para cada necesidad educativa especial), evaluar para el aprendizaje, lo que conlleva al menos dos instancias evaluativas (diagnóstica y sumativa), revisar el material, reflexionar sobre sus prácticas, actualizar su material, capacitarse con los nuevos conocimientos, aprender la nueva implementación curricular, atender apoderados, hacerse cargo del aniversario, formar una comisión para una actividad. En fin. Todo esto se vuelve una práctica caótica.
Una vez una profesora me dijo “Tú te casas con tu trabajo finalmente, o si no, no se puede”.
No se debe olvidar que los docentes tienen además una vida civil. Son madres, son padres, son esposos y esposas, son hijos e hijas, son parientes, son amigos. Es importantísimo para la dignidad de una persona tener un hogar estable en el que vivir. Para tener un hogar estable, es necesario atender la vida familiar. Para atender la vida familiar se necesita tiempo y dinero.
Las innovaciones que se han hecho en educación son relevantes. Sin embargo, me pregunto por qué en ningún apartado de las razones teóricas de estos cambios se ha considerado las condiciones humanas en las que trabaja un docente. No solamente en un espacio físico digno, sino con una carga laboral y psicológica que sea “humana”.
Me pregunto si acaso los eruditos en educación se olvidaron que la educación se hizo para el ser humano, y no al ser humano para la educación. Es decir, que la educación está a nuestro servicio, para hacernos más felices, para enseñarnos a vivir de una forma más humana. La educación “humanista” se ha olvidado que por esencia los humanos somos seres sociales, dependientes de la comunidad, que necesitamos desenvolvernos en relación con los otros. Sin embargo, la educación humanista tiene un sistema que deshumaniza a su cuerpo docente.
Salvo algunas excepciones, no creo en un cuerpo docente que voluntariamente se entregue a un trabajo liviano y sin metas. La docencia es un servicio. Es más, hasta hace un par de años, todos los que se sabían llamados a la docencia estaban conscientes del bajo sueldo que recibirían a fin de mes durante sus primeros años, pero la pasión por educar y formar fue más fuerte. El problema está en que el sistema público, con los superficiales antecedentes entregados anteriormente, ahoga los sueños de su profesorado.
En un establecimiento de Lota, cada vez que les toca rendir la prueba SIMCE, los estudiantes son sometidos a cargas horarias extremadamente agobiantes. Se les suspenden asignaturas importantes como Artes y Música, para ocupar ese tiempo en reforzar los contenidos SIMCE. Olvídense de los talleres recreativos, deportivos, artísticos, no, todo ese tiempo se lo lleva SIMCE; todo ese tiempo se va ante las miradas confundidas de los estudiantes que no entienden la importancia de los contenidos para sus vidas, que los aprenden mecánicamente porque UTP viene y los regaña para que sean buenos y rindan un buen SIMCE.
Por otro lado, este estrés se lo lleva también el profesorado, que tiene que pasar contenidos rápido, con alta exigencia, sin poder detenerse con los estudiantes que no aprenden, frustrando sus ganas de pasar un contenido de forma más didáctica, más significativa. Nada importa cuando está el SIMCE a las puertas, hay que aprobar a cualquier costo: tiempos de recreación, de descanso, tiempo familiar, todo se sacrifica. Estoy seguro que esa es la realidad de muchos establecimientos que aspiran a obtener buenos resultados para ser nombrados establecimientos de excelencia. ¿pero a qué precio? ¿es excelente estresar así a sus estudiantes y sus profesores? ¿cuál es el criterio de excelencia que nos interesa hoy?
Me parece que la excelencia está ligada a ser máquinas reproductoras de conocimiento, fuerza de trabajo, personas que sean capaces de llenar papeles y formularios. Pero olvidamos la formación integral.
Los programas de estudio, el de Lengua y Literatura por ejemplo, pone énfasis en la formación integral de los estudiantes. Sugiere cómo a través del lenguaje se debe formar a estudiantes que luego sean ciudadanos responsables, competentes comunicativamente, capaces de relacionarse críticamente en sociedad y que sean un aporte a la comunidad. Es un discurso hermoso, los docentes de Lengua disponemos de todo un arsenal literario y no-literario para abrir la mentalidad de nuestros estudiantes e invitarlos a ver la vida con una mirada más humana y solidaria. Sin embargo, las mediciones estandarizadas están muy lejos de pedir esa clase de mentalidad de los estudiantes.
En la mayoría de establecimientos municipales, la PAES se ha vuelto el estándar por el cual asignaturas como Lengua, Historia, Matemáticas y Ciencias rigen sus planificaciones y contenidos. Pues al establecimiento le interesan los resultados; que la mayor parte de sus egresados de 4° medio obtengan buenos puntajes e ingresen a la universidad.
He visto cómo esto provoca contenidos inconexos, que la única motivación por enseñarlos y aprenderlos es “porque aparece en la PAES”. ¿cómo esta situación no mata el alma de un docente, que esperaba ayudar a personas a mejorar sus vidas por medio de su especialidad?
Más allá de los resultados estandarizados, es necesario pensar en las condiciones prácticas en las que el profesorado está desempeñando su profesión. Si queremos una sociedad mejor, no basta con llenar el país de profesionales expertos en contenidos inconexos y poco significativos, pero sin un sentido común social y de servicio hacia el otro. Se necesitan verdaderos espacios de reflexión en los establecimientos educativos, más escuelas, menos alumnos por curso, contenidos flexibles, menos pero mejores clases.
El sistema público está terminando con la vocación de profesor. Esto es una discusión inagotable, pero digna de ser considerada, atendida, escuchada. No se puede seguir teorizando sobre la educación y plantear muchos cambios y reformas que luego se ven atascadas en un profesorado cansado y frustrado, por las condiciones en las que cada día deben luchar por hacer un “poquito” mejor nuestra sociedad.