La Navidad y la onto-teología cristiana

Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí. (Sartre, 2012)

La Navidad es, contra todo pronóstico, el inicio de la humanización o encarnación de Dios. Es Dios aprendiendo a ser un humano. Es Dios uniéndose a la humanidad perpetuamente. Esto ha sido expresado por el cristianismo en el dogma de la unión hipostática, que afirma la unión de dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Cristo, sin mezclarse, confundirse, degradarse ni destruirse mutuamente y sin separarse (DZ 111, 143-4, 148). Podemos afirmar, pues, que desde el nacimiento de Cristo la Trinidad tiene un integrante completamente humano, de carne y hueso.

Creo que esta es la clave hermenéutica que nos provee la Navidad, ya que nos permite leer los Evangelios y la Biblia entera como el proceso de humanización de Dios, cuyo propósito es conservar el cosmos, su heredad, y llevarlo a su perfección en colaboración con la humanidad. Además, nos provee una forma poco común de pensar en Dios y la redención.

Si el nacimiento de Cristo es el inicio de la humanización de Dios, la vida, la muerte, la resurrección y la ascensión son su desarrollo y culminación. Esto significa que la Encarnación no se completó en el nacimiento (o si se quiere, en la concepción), más bien hay que entenderla como un proceso, del que ese evento fue solo el comienzo. Cristo, el Dios-Hombre nace y vive como ser humano y muere para ser perfecto imitador del humano, porque para ser verdadero humano debía morir. El Padre resucita al Hijo por el poder del Espíritu para que el cuerpo humano sea conservado en el Hijo. Sí, el Cristianismo confiesa que Cristo resucitó corporalmente (DZ 13, 255, 344, 422). Finalmente, el Hijo asciende enriqueciendo a la Trinidad con un cuerpo humano.

Esto último es quizás lo más desconcertante, porque nos provee una perspectiva totalmente nueva sobre Dios, quien es comúnmente definido como el Ser simplísimo, es decir, no compuesto. De hecho, el resto de las perfecciones divinas que enseña la teología filosófica o natural se deducen de la simplicidad de la deidad  (Cf. Tomás de Aquino, Suma de Teología, I-I, cuestión 3 y ss. Descartes, Discurso del Método, IV.)

Desde que los griegos de Elea, Parménides y Jenófanes, criticaron el antropomorfismo de los dioses griegos, su pluralidad e inmoralidad, Dios se convirtió en una idea para expresar al ‘ser absoluto uno-todo’. Los filósofos y teólogos griegos, judíos, cristianos y árabes estuvieron todos de acuerdo en que Dios debía ser entendido como uno, simple, infinito, omniperfecto, bueno, inmutable, eterno, autosuficiente y todas las demás perfecciones y obras derivadas; además de ser considerado la Causa de todo lo que existe.

Esto fue confirmado a lo largo de la teología cristiana, incluso vemos en las Confesiones de fe protestantes definiciones de Dios de herencia eleática. Por ejemplo, la Confesión de fe de Westminster, 2, I, dice respecto a Dios: «No hay sino un solo Dios, el único viviente y verdadero, quien es infinito en su ser y perfecciones; espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, miembros o pasiones; inmutable, inmenso, eterno, incomprensible, todopoderoso, sabio, santo, libre, absoluto» (énfasis añadido). Aunque después afirma que Cristo resucitó y ascendió «con el mismo cuerpo que tenía cuando sufrió» (8, IV).

Llama la atención, además, la similitud de estás definiciones con la de Descartes en su Discurso del Método. Todas ellas coinciden en su tendencia racionalista y, a la vez, desencarnada o descorporeizada, o sea, se percibe una repetición acrítica de la tradición teológica, sin considerar el misterio de la Encarnación y el dogma de la unión hipostática como fundamento de la teología cristiana. En términos cartesianos, para el cristianismo el cuerpo Cristo ha sido la mera res extensa de Dios. José M. Castillo (2009) ha pensado muy bien este problema cuando señala que el error de la teología cristiana ha sido preguntarse «¿Jesús es Dios?», en vez de preguntar «¿qué Dios nos revela Jesús?».

Pero si seguimos la lógica de Cristo y su Encarnación, nos damos cuenta de que el Dios parmenídeo cartesiano se deshace por completo. Veamos: si tiene cuerpo entonces ya no es simple, sino compuesto; si no es simple ya no es infinito; si no es infinito ya no es omniperfecto, inmutable ni eterno. Como ya mencioné, todas las perfecciones divinas se deducen de su simplicidad. Por lo tanto, si negamos la simplicidad al admitir la corporalidad (composición) del Hijo, las demás perfecciones o atributos ya no se pueden predicar del Dios-Trinidad.

Como de seguro ya saben, a los primeros cristianos les costó mucho asimilar esto. Unos decían que el Cristo divino tomó posesión del Jesús humano cuando fue bautizado y que luego lo abandonó en la cruz (adopcionismo). Otros decían que el cuerpo de Cristo no era de verdad, sino que parecía humano, un fantasma, mera apariencia ilusoria (docetismo, gnosticismo). No era posible que Dios tuviera cuerpo humano. Según Tertuliano, en su Adversus Marcionem, Marción definió a Cristo como phantasma Theou y no como eikón Theou, es decir, como mera apariencia ilusoria. Por la misma razón, Marción rechazaba la natividad de Cristo y su resurrección corporal (Prósperi, 2020).

Así las cosas, que la Trinidad tenga un integrante humano, implica, primero, que la Encarnación (desde el nacimiento hasta la ascensión) no fue una humillación, un sacrificio ni una pérdida para Dios, menos una transacción auto expiatoria, sino que, una ganancia y un verdadero placer (Solís y Molteni, 2021). Dios se hizo carne humana en beneficio de sí mismo y de nosotros, para enriquecerse (con humanidad) y enriquecernos: «Cristo es Dios al que le gusta ser hombre» (Molteni, 2015, p. 89). Segundo, implica que Dios aprendió a ser un humano. Sí, Dios no sabía algo, no sabía ser un humano. Cristo aprendió a serlo en los brazos de su madre María y obedeciendo a José su padre. Él no sabía llorar, hablar, comer, saborear, caminar, leer, escribir, tallar; no sabía qué era el dolor físico, el hambre, la sed, el cansancio, pero, sobre todo, no sabía morir. Dios aprendió todo esto y más. Por tanto, el Dios cristiano no es infinito, omniperfecto e inmutable. Por el contrario, el Dios de Parménides y Descartes, de la onto-teología, no aprende, no cambia, menos se equivoca. 

Tercero, «que Dios se haya hecho hombre significa que se ha hecho imputable y que ha querido que el hombre lo juzgue por sus obras, no por una esencia divina presupuesta» (Solís y Molteni, 2021, p. 73). El Dios que revela Cristo es el que dijo que el árbol se conoce por su fruto (Lc 6, 44), que no presupone su deidad, no la da por hecha, ni la impone para ser adorado sin razón alguna. Dios se humaniza para darse a conocer por medio de su trabajo, de sus obras (Jn 10, 25; 38), para que sus testigos puedan probar y juzgar que él es Dios.

Por eso, la Navidad también nos debe hacer re-pensar nuestra noción de Dios. El Dios cristiano, la Trinidad que tiene un integrante completamente humano, es una absoluta paradoja, porque, literalmente, va contra la opinión común (para-doxa) que se tiene acerca de Dios, heredada de la onto-teología. Quizás por esto Karl Barth (2002) concibió a Dios como una paradoja y, en total coherencia con lo planteado hasta aquí, afirmó que «la divinidad de Dios incluye también su humanidad» (Barth, 1978, p. 8). Para este teólogo, dada la Encarnación no se puede pensar a Dios sin su humanidad: «con la mirada puesta en Jesucristo es indiscutible que la divinidad de Dios, lejos de excluir, exige su humanidad (Barth, 1978, p. 10). Dijimos que Dios se humaniza para beneficio propio, de nosotros y también de su mundo, o sea, para conservarlo y conducirlo a la perfección. ¿Acaso no puede hacerlo sin los humanos? La Trinidad ha querido que el humano sea su socio y colaborador (cf. 1Cor 3, 9), para eso fue creado, no quiere hacerlo sin nosotros:

Este es el misterio con que [Dios] nos sale al encuentro en la existencia de Jesucristo: en su libertad no quiere de hecho estar sin el hombre, sino con él, y en esa misma libertad no quiere estar contra sino a favor de él […]; quiere de hecho ser el compañero del hombre. (Barth, 1978, p. 11)

De esta manera Dios pensó y quiso su Encarnación, su humanización. Insisto, el Dios parmenídeo sin humanidad no requiere colaboración, es autosuficiente, solo admite «súbditos y no socios» (Solís y Molteni, 2021, p. 59). En este sentido, la Navidad también nos provee una soteriología especial: La Trinidad divina restaura la amistad con el humano cuando el Hijo se une a él radical y perpetuamente. Es por la humanidad del Hijo y de la Trinidad que podemos ser socios o amigos de Dios (cf. Juan 15, 15). Restaurada esta amistad, los humanos somos salvos, es decir, reconducidos a nuestra esencia (Heidegger, 2006), esta es, ser socios y colaboradores de la Trinidad para la conservación y perfección del cosmos.
En fin, la Trinidad ama tanto a la humanidad, la nuestra y la suya, que se unió perpetuamente a ella para que los humanos vivan plenamente siendo sus socios-amigos, esta es su gloria. Por eso decía san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Gloria Dei vivens homo) (Contra los Herejes IV, 3, 5).

La perpetuidad de su unión con nosotros hace posible que se cumplan las palabras del Evangelio que anuncia la llegada del reino. Efectivamente, el reino o reinado de Dios ya es una realidad, y no es otra cosa que una sociedad organizada, una ciudad donde la Trinidad y los humanos trabajan por el bienestar del mundo. Nuevamente, el Dios parmenídeo (simple, no compuesto, sin carne humana) no es cívico, es inimputable, no necesita ni es capaz de establecer alianzas con otros. Por el contrario, el Dios-Trinidad acontece en una constante relación tri-personal, en una alianza amistosa y satisfactoria siempre nueva. Esto hace posible que Dios establezca alianzas con personas humanas, que las convoque a trabajar, a colaborar en su obra. De hecho, la Biblia termina con el establecimiento o la consumación de una Ciudad donde reina la Trinidad junto a los hombres en medio de un cosmos renovado (cf. Apocalipsis 5, 9-10).

Plot twist

Lo anterior ha puesto al descubierto varios problemas teológicos. Primero, la propia doctrina de la unión hipostática está viciada con la onto-teología parmenídea, porque el Dios que se une al hombre sigue siendo esa ‘esfera bien redonda’, revestida de atributos hiperbólicos y absolutos, sigue siendo el Ser de la filosofía, el Dios de los filósofos, como decía Pascal. Aquí deberíamos asumir, no sin tristeza, la tesis de Harnack de que en Nicea y, por tanto, en la dogmática cristiana, ha triunfado el docetismo o que el cristianismo ha sido helenizado (Molteni, 2015). El cuerpo de Cristo sigue siendo mera apariencia de Dios, sigue siendo res extensa del Intelecto puro, infinito e inmóvil, de la nóesis noeseos (‘pensamiento de pensamiento’) aristotélico. Peor aún, Cristo queda reducido a phantasma, a res vacua, al decir de Tertuliano (Prósperi, 2020). 

Segundo, si seguimos pensando que ese Dios que se une al hombre es el Uno-Todo parmenídeo, asumir barthianamente que Dios es una paradoja, o sea el Dios-Humano, nos lleva a una especie de fideísmo patológico, una fe sin pensamiento. Se necesita, en cambio, asumir que, si filosóficamente no es admisible la tesis de un Dios simple y compuesto a la vez, teológicamente tampoco deberíamos admitirla, la fe no tiene porqué estar sin pensamiento, más bien, debe ser un pensamiento sano (Molteni, 2015). Con esto no digo que la noción de Dios deba ser clara y distinta sin contradicciones ni paradojas, sino que, la fe no debe renunciar completamente a un principio filosófico básico como el que plantea la incompatibilidad de la simplicidad y la composición dentro de la noción de Dios, sobre todo tomando en cuenta el rol central de tal oposición dentro de la onto-teología.

En este sentido, puede ser útil repensar la doctrina de la Trinidad, desvestirla de sus ropajes neoplatónicos, o sea, dejar de pensar que el Hijo y el Espíritu son emanaciones del Padre absoluto o que las tres personas divinas son hipóstasis de la sustancia (ousía) divina, hipóstasis que, dicho sea de paso, desde Boecio, son entendidas como sustancias individuales de naturaleza racional, incapaces de amar. En este punto, la crítica de Marión (2005) al ego cogitans cartesiano sin carne, que piensa pero no ama, podría ser aplicada a la noción de persona de herencia boeciana usada para designar a las hipóstasis trinitarias. Si el Hijo divino fue quien se encarnó históricamente para enriquecer a la Trinidad con humanidad, hay que preguntarse qué Dios se humanizó. Si Cristo es la imagen (eikón) de Dios no se puede seguir pensando a ese Dios como una esfera parmenídea inmóvil impotente para establecer alianzas, menos para humanizarse. 

Quizás es momento de volver pensar a la Trinidad como una civitas, una ciudad o sociedad de personas, no como un Ser ya hecho, un Objeto estático y consumado, sino como un Sujeto que acontece en una relación amistosa siempre nueva. Solo un Dios pensado como Trinidad que acontece como sociedad de amigos se puede encarnar o humanizar para ser amigo y socio de nosotros los humanos. La Trinidad no es simplísima, sino que está compuesta por personas y una de ellas, desde la encarnación, tiene cuerpo humano. ¡Es Dios y se parece a mí!

Referencias

  • Aquino, T. (2001). Suma de Teología I, Parte I. BAC.
  • Barth, K. (1978). Ensayos Teológicos. Herder.
  • Barth, K, (2002). Carta a los Romanos. BAC.
  • Castillo, J. (2009). La humanización de Dios. Ensayo de cristología. Trotta.
  • De Lyon, I. (s.f.). Contra los herejes. Mercaba. https://mercaba.org/TESORO/IRENEO/00_Sumario.htm
  • The Orthodox Presbyterian Church (s.f.). Confession of Faith. OPC. https://opc.org/wcf.html
  • Denzinger, E. (1995). El Magisterio de la Iglesia. Herder.
  • Descartes, R. (2011). Discurso del Método. Gredos.
  • Heidegger, M. (2006). Cartas sobre el humanismo. Alianza.
  • Marion, J-L. (2005). El fenómeno erótico. El cuenco de plata.
  • Molteni, A. (2015). El docetismo gnóstico y el cuerpo-pensamiento real de Cristo en D. Mundaca (Ed.), Un espacio a las aventuras del cuerpo. Estudios interdisciplinarios sobre la historicidad del cuerpo. Universidad de Concepción.
  • Prósperi, G. (2020). De Christo et Antichristo. Eikōn y phantasma en la onto-teo-logía cristiana. Revista de Filosofía y Teoría política, 50. http://portal.amelica.org/ameli/journal/83/832393001/
  • Sartre, J. P. (2012). Barioná, el hijo del trueno. Voz de papel.
  • Solís, D., & Molteni, A. (2021). Para acabar con las psicopatologías parmenídeas. Reflexiones filosóficoteológicas. Revista De Filosofía, 20(1), 53-79. https://doi.org/10.21703/2735-6353.2021.20.0100004

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