«Comenzó entonces, en las almas recientes, aquella enfermedad a la que se llamó romanticismo, aquel cristianismo sin ilusiones, aquel cristianismo sin mitos, que es la propia sequía de su esencia enfermiza.» (Pessoa, Libro del desasosiego, 53)
La Semana Santa podría entenderse como el mito fundacional del cristianismo. Se trata de una religión Pascual, su fundamento es el sufrimiento, la muerte y la resurrección de un sujeto que era en la misma medida humano y divino. Pero la sombra del cristianismo ha pasado y con ello ha dejado a la vista de la Historia su ruina. Como magistralmente advirtió Pessoa, esta ruina no es consecuencia del declive del cristianismo, sino que, el efecto del paso de este por nuestra especie.
La religión de la esperanza ha dejado a su paso la desesperanza. La religión del amor ha despertado el más brutal egoísmo. Pero hay algo peor, que posiblemente sea la causa de lo anterior, el mito de la Pascua ha quedado despojado de su símbolo para convertirse en un dispositivo mental de auto-condescendencia. «Cristo ha sufrido y muerto ignominiosamente por mí para que yo ya no sufra más» o «para quitar mi culpa» declara el creyente compungido al borde del llanto al ver al crucificado. Eso es un cristianismo sin mito, sin ilusión, sin misterio, un cristianismo romántico.
Hegel, quizás el único que comprendió la verdadera esencia de la Pascua, creía en que el mito Pascual significa la muerte de Dios como trascendencia y su resurrección como espíritu, lo que significa para nosotros que aquello que tanto buscamos, la verdad y el sentido de la realidad, no se halla en lo eterno, infinito, fijo e inmutable, lo que está más allá, tampoco en lo subjetivamente cierto como contenido de una fe puramente individual, sino que, se encuentra en la vida humana misma entendida como realidad histórica, concreta y comunitaria. El Dios trascendente y abstracto muere y resucita como espíritu, que es la comunidad de humanos-creyentes iguales y libres.
La Pascua revela la encarnación definitiva de lo divino en lo humano. Dios no murió por (en lugar de) nosotros, sino que, porque nosotros morimos. Dios no es Dios sin la humanidad, pero esta tampoco es humanidad sin Dios. El mito Pascual es, en definitiva, símbolo de la propia vida humana, de una especie que busca sentido y que lo encuentra en el abismo de su historia de sufrimiento y muerte, allí es donde surge la vida divina, la vida del espíritu.