
Este escrito busca comprender filosóficamente el aburrimiento, tedio o acedía. Para ello, acudimos a Tomás de Aquino y Kant, dos pensadores que reflexionaron sobre este fenómeno.
La acidia como un tipo de tristeza
Para Tomás de Aquino, la acedía es “cierta tristeza que apesadumbra” e implica una “tristeza del bien espiritual” (ST II, IIae, c. 35, a. 1). Al respecto, Aquino entiende la tristeza como una “especie de dolor” (ST I, IIae, c. 35, a. 2), en el sentido de dolor interno o del alma. Ahora bien, la tristeza es un tipo de dolor “causado por la aprehensión interior” (Id.), esto implica que se trata de un acto del apetito intelectivo, ya que están involucradas las facultades intelectivas del entendimiento y la imaginación.
En este sentido, se puede afirmar que la acedía no es una pasión, sino que, un acto del apetito intelectivo. Esto lo confirma Aquino cuando describe a la acedía como un alejamiento mental del bien espiritual o como la incapacidad de adherirse mentalmente al bien divino. No obstante, Aquino llama a la acedía «pasión» (ST II, IIae, c. 35). Esto se debe a que, precisamente, distingue entre la acedía como acto del apetito sensitivo (pasión) y la acedía como acto del apetito intelectivo (voluntario) (Vázquez 2019).
Aquino describe la acedía como una tristeza que “deprime el ánimo del hombre” (ST II, IIae, c. 35, a. 1), que implica “cierto hastío para obrar” (Id.), también, como “repugnancia de la carne hacia lo espiritual” (ST II, IIae, c. 35, a. 3) o como huida, horror, “repulsa del bien divino” (Id.). Estas expresiones dan a entender que la acedía es entendida por Aquino como un acto en la que el bien espiritual aparece como un mal. En la acedía el alma aprehende el bien espiritual como algo doloroso, en el sentido tomista, o sea, en vez de causar gozo, causa dolor o tristeza.
Según Aquino, la acedía no solo es mala en sí, como tristeza de un bien espiritual o como una pasión en la que se aprehende como malo un bien, sino que, también es mala por sus efectos, ya que “cuando llega hasta el extremo de ser tan embarazosa […] retrae totalmente al hombre de la obra buena” (ST II, IIae, c. 35, a. 1). También dice que la acedía consiste en “la indolencia del alma en empezar lo bueno” (ST II, IIae, c. 35, a. 2). Esto quiere decir que la acedía se convierte en un obstáculo tanto para aprehender como para realizar el bien. Por eso, Aquino concluye que la acedía, en cuanto impulso apetitivo al mal, es un pecado y un vicio contrario a la virtud de la caridad (que representa el bien divino).
Consecuentemente, la acedía produce otros vicios, las filiae acedie (hijas de la acidia), ya que esta “lleva al hombre a apartarse de lo que le entristece y también le hace pasar a otras cosas en las que encuentra placer”. Algunos de ellos son: la desesperación, la pusilanimidad, la indolencia de los preceptos, la ociosidad, el rencor, la malicia, la divagación de la mente por lo ilícito, la curiosidad, entre otros. Por eso, la acedía es considerada por Aquino como un peccatum capitalis (pecado capital), es decir, es comprendida como causa final de otros vicios (ST II, IIae, c. 35, a. 4).
Que la acedía sea un pecado o un vicio quiere decir que es algo voluntario, esto se deriva de que, como ya se dijo, puede ser considerada como un acto del apetito intelectivo, o sea, de la voluntad: “Todo pecado […] reside en la voluntad” (ST II, IIae, c. 10, a. 2). Así, la acedía puede considerarse como un “estado que procede de una disposición afectiva signada por la búsqueda voluntaria de placer” (Vázquez, 340) o un “movimiento desviado habitual de la afectividad que procede de decisiones voluntarias a favor del placer disoluto” (Id.). Pieper (2017) va más allá y afirma que, desde el punto de vista tomista, “la ‘acedia’, en último término, significa que el hombre no quiere ser lo que Dios quiere que sea, es decir, que no quiere ser lo que realmente es” (276). En este sentido, la acedía sería una renuncia (voluntaria) del hombre a su propia vocación, que consiste en ser hijo de Dios o, dicho de otra manera, una renuncia a lo espiritual (Dios y a sí mismo) en pro de lo carnal (placeres disolutos). De esta manera, las filiae acedie serían diversas formas del acidioso de evadirse y de huir de su vocación divina (Vázquez, 2019).
El aburrimiento como dolor negativo
En su Antropología, Kant señala que el aburrimiento o tedio (Langeweile) es una especie de dolor negativo y es descrito como un “vacío de sensaciones” (191), similar a una “privación sensorial” (Nikulin 125). Esta idea kantiana de aburrimiento se desarrolla en el contexto del tratamiento del sentimiento de placer y displacer. Para Kant, el dolor es el “displacer por medio del sentido” (Ant 187) y su contrario es el deleite, que está referido al placer. Al indagar en el efecto que produce el dolor en la mente, Kant dice que impulsa a “abandonar mi estado (a salir de él)” (Ant 188), porque “me duele” (Id.).
Ahora bien, Kant señala que, en la complejidad de la vida animal, ocurre que “a todo deleite debe precederle el dolor; el dolor es siempre lo primero” (Ant 189). Esto se debe a que, en el transcurso del tiempo, solo se puede alcanzar un estado placentero saliendo del estado presente. Por eso, “el dolor es el acicate de la vida […], sin él habría ausencia de vida” (Id.). Tal es el caso del dolor positivo, que nos saca de un estado desagradable y nos mueve a la actividad. Por el contrario, un dolor negativo como el tedio, puede afectar de tal manera a una persona acostumbrada al cambio de sensaciones, que la impulsará a “hacer algo en perjuicio de sí mismo, antes que no hacer nada” (Ant 191).
Kant enseña que el aburrimiento afecta especialmente a las personas cultivadas, es decir, “a los que prestan atención a su propia vida y al tiempo” (Ant 191). Este sentimiento de vacío de sensaciones produce, por un lado, la constante y excesiva búsqueda de nuevas sensaciones y, por otro, un horror vacui, una “ausencia (de percepción) o privación” (Nikulin 125), que genera una “repugnancia ante la propia existencia” (Nikulin 61) y que, incluso, podría llevarla al suicidio. De alguna manera, Kant plantea una especie de circulo vicioso, en el que el exceso de sensaciones lleva a la persona a sentirse vacío o aburrido y, a su vez, el tedio puede desembocar en la acelerada búsqueda de sensaciones nuevas. Este círculo tiene su origen en lo que Kant llama placeres negativos, esto es, que solo suprimen el dolor y que, a diferencia de los placeres positivos, no buscan lo agradable en sí o no nos permiten ingresar a un estado de placer. Por eso, una vida llena de excesos y cambios constantes da la sensación de rapidez y, al mismo tiempo, de vacío.
Respecto a que el aburrimiento es causado por el exceso de placeres negativos, Kant señala al menos dos maneras de deleitarse, una es por medio de la cultura, descrita como el “aumento de la capacidad de disfrutar aún más deleites” (Ant 197), tales como las ciencias y las bellas artes. Otra manera es lo que Kant llama “el desgaste, que nos hace cada vez menos capaces de seguir gozando” (Id.). Así las cosas, para Kant, hay placeres que incrementan nuestra capacidad de deleitarnos, como los deleites culturales, que serían los ya mencionados placeres positivos, y otros negativos, que nos inhabilitan para seguir gozando de placeres nuevos, que nos desgastan. Estos últimos generan en las personas la sensación de estar hartos del deleite, llevándolas a un “estado repulsivo que hace de la vida una carga pesada” (Ant 198), que podríamos identificar con el aburrimiento o tedio.
Además de generar un vacío de sensaciones, el aburrimiento produce lo que Kant llama “el peso de la indolencia, es decir, el hastío de toda ocupación que pudiera exigir trabajo” (61). En ese sentido, el tedio se convierte en un obstáculo para obrar más allá de la mera comodidad y la diversión, para obrar lo bueno o que le corresponde como persona.
Conclusión e intento de síntesis
En primer lugar, consideremos los puntos en común que Aquino y Kant tienen con respecto a la acedia o el aburrimiento: 1. Ambos filósofos comprenden el aburrimiento como un tipo de dolor. Por lo tanto, podríamos considerarlo como un estado afectivo de carácter negativo, contrario al placer. 2. El aburrimiento se presenta acompañado de otras emociones, tales como el hastío, la repugnancia o la repulsión dirigidas hacia ciertos tipos de acción, a saber, las obras de caridad (Aquino) y el trabajo (Kant). Lo interesante es que ambos tipos de acción pueden ser considerados como buenos u orientados al bien. En el caso de Aquino, la caridad es el bien divino mismo y, para Kant, el trabajo es “la actividad intencional más importante y propia del ser humano” (Nikulin 128). En ese sentido, ambos filósofos entienden el aburrimiento como un obstáculo para obrar bien y, a la vez, como un estado que nos impulsa a obrar contra nosotros mismos (cometer pecados, huir de la vocación divina y entregarse a placeres disolutos, negativos y perjudiciales, al punto del suicidio).
En cuanto a sus diferencias, Aquino aborda un aspecto del aburrimiento que Kant no considera, se trata de que la acedía puede ser considerada tanto una pasión (algo que se padece o sufre) como un acto mental. Esto implica que el aburrimiento no solo tiene que ver con un estado mental o espiritual causado, a su vez, por otros estados mentales, sino que, también puede ser causado por factores físicos. Dicho de otra manera, hay factores involuntarios, físicos e incluso patológicos que pueden predisponer al aburrimiento (Peretó 2010, Vázquez 2019).
Respecto a esto último, es notable la descripción que Aquino toma de Casiano, cuando dice que “la acidia molesta sobre todo al monje hacia la hora sexta, como cierta fiebre que da en un tiempo señalado, causando en el enfermo ardentísimos dolores de alma, con su subida a ciertas y acostumbradas horas” (ST II, IIae, c. 35, a. 1). De hecho, esta referencia a Casiano se usa como argumento para afirmar que la acidia no es pecado. El argumento sería algo así: si la acidia se sufre, o sea, si es una pasión corporal o un estado mental causado por factores físicos, entonces no es un acto voluntario. Ergo, no es pecado.
Referencias
Aquino, Tomás. Suma de Teología. Madrid: BAC, 1993.
Kant, Immanuel. Antropología en sentido pragmático. Buenos Aires: Losada, 2009.
Nikulin, Dmitri. “Laziness and the cunning of nature: Kant on boredom”. Stasis 8 (2019): 122-136.
Peretó, Rubén. “El itinerario medieval de la acedia”. Intus-Legere Historia 4/1 (2010): 33-48.
Pieper, Josef. Las virtudes fundamentales. Madrid: Rialp, 2017.
Vázquez, Santiago. “La distinción entre pecado y psicopatología en la concepción de acedia de Tomás de Aquino. Posibles relaciones con desarrollos de la psicología contemporánea”. Revista Latinoamericana de Psicopatología Fundamental 22/2 (2019): 339-359.