
La forma en la que sentimos las cosas reales o imaginarias y experimentamos su belleza o fealdad está determinada por elementos coloniales, a saber, la racialización de la especie humana y el eurocentrismo.
Antes que todo, es necesario aclarar el término ‘colonialidad’. Este hace referencia a “la matriz (u orden) colonial del poder” (Mignolo 2015 33) que opera en el mundo actual. Al respecto, Quijano (1992) señala que la estructura o matriz colonial de poder instalada a nivel global y, especialmente, en América desde 1492, aunque “en su aspecto político, sobre todo formal y explícito […] ha sido derrotada en la amplia mayoría de los casos” (11), sigue siendo “el marco dentro del cual operan las otras relaciones sociales, de tipo clasista o estamental” (12). Por lo tanto, la colonialidad se puede definir como “aquel andamiaje que permite y sostiene un modelo social estructuralmente desigual vigente hasta el día de hoy” (Herrera 103).
En este sentido, la colonialidad constituye un “imaginario del sistema- mundo moderno/colonial” (Mignolo 2015 50), cuyo principal elemento es “la clasificación racial de la población del planeta” (Mignolo 2015 46) o “etnorracialicación” (57). Profundizando en esta matriz de poder colonial, esta actúa en cuatro ámbitos interrelacionados: 1. La gestión y el control de subjetividades. 2. La gestión y el control de la autoridad. 3. La gestión y el control de la economía. 4. La gestión y el control del conocimiento (Mignolo 2015).
Con relación al ámbito del conocimiento, este es descrito por Mignolo (2015) como “los principios epistémicos y estéticos europeos que durante siglos legitimaron la desautorización del conocimiento no europeo y de los cánones estéticos no europeos, desde el Renacimiento hasta la Ilustración y desde la Ilustración hasta la globalización neoliberal” (46).
A partir de lo anterior, podemos hablar de una colonialidad del conocimiento o del saber. Según Quijano (1992), la Modernidad/colonialidad sostiene una idea de racionalidad basada en la distinción sujeto-objeto. Pero ese sujeto sería el sujeto occidental-europeo, mientras que todo lo no-europeo sería el objeto, totalmente diferenciado del sujeto, susceptible de ser dominado. Así, los colonizadores instalaron el imaginario de que sus modos de conocimiento serían la expresión de la racionalidad frente a la irracionalidad e inferioridad natural de los conquistados: “Los colonizadores impusieron también una imagen mistificada de sus propios patrones de producción de conocimientos y significaciones […] La cultura europea pasó a ser un modelo cultural universal” (12-13).
Así las cosas, la colonialidad configura una forma de comprender la realidad social y cultura y, por tanto, de la manera en que pensamos y sentimos esa realidad. La colonialidad del saber, lo epistémico, incluye la del sentir, lo estético.
En segundo lugar, pasamos a analizar el término ‘sentir’. Siguiendo a Dussel (2018), podemos distinguir dos momentos de la estética, definida por él como la posición de apertura de la subjetividad humana ante las cosas reales que nos rodean. Estos son: momento ontológico (sentimiento/emotivo inteligente) y otro óntico (productivo).
Por un lado, el momento ontológico se refiere a la aisthesis, es decir, a “la apertura al mundo des-cubierto como bello (no solo su interpretación, su querer volitivo, su presencia sensible, etcétera) y de las cosas reales (o imaginarias) del mundo como manifestación de su belleza” (Dussel 2018 3). Para Dussel, la aisthesis no es la mera sensibilidad kantiana, sino que debe entenderse como una “unidad emotivo-intelectual» (2018 3). Esta comprensión del sentir como una facultad que unifica lo sensible y lo intelectual es fundamental para nuestro análisis, ya que sitúa lo estético en el plano del saber y, por tanto, puede ser comprendido dentro de lo que mencionamos como colonialidad del conocimiento o del saber.
Por otro lado, el momento óntico se refiere al momento expresivo-productivo de la obra de arte, de la cultura, que puede ser llamado poiética o poiésis. Se trata de la capacidad del ser humano de manipular, transformar el medio natural y desarrollar tecnología (Dussel 2013).
En primera instancia, nos centraremos en el momento ontológico de la estética, que aquí denominamos, simplemente, como el sentir, entendido, tal como lo mencionamos, como acto emotivo-inteligente. Luego, veremos cómo ambos momentos estéticos se relacionan.
Profundizando en el momento estético ontológico, el sentir no debe entenderse como constituido individualmente por un sujeto aislado, sino que, constituido comunitaria o intersubjetivamente. En palabras de Dussel:
El gusto o la áisthesis (como ejercicio comunitario y cultural del asombro estético ante la disponibilidad para la vida) se impone, de alguna manera, a la totalidad de los miembros de una cultura. La estética de la cultura de la India es claramente distinta (con distinción analógica) de la azteca o la bantú. La áisthesis es determinada culturalmente, como puede observarse en una historia mundial (no eurocéntrica) de la estética de las culturas. (Dussel 2018 14)
Afirmar que la forma en la que sentimos el mundo y experimentamos su belleza o fealdad está determinada por elementos culturales implica que es posible identificar algunos aspectos coloniales como determinantes del sentir, que lo van configurando. Esta colonialidad del sentir ha sido expresada por Mignolo (2019) de la siguiente manera:
«Ahora bien, mientras que lo aesthésico es biológicamente universal en los organismos vivientes, no lo es culturalmente. Culturalmente lo aesthésico está geopolíticamente con-formado por la colonialidad del poder y las clasificaciones sociales que sitúan y confrontan los seres humanos compitiendo y jerarquizando el sentir, saber, pensar, creer» (22).
De forma similar, Carballo y Herrera afirman que: “La estética revela con precisión el cariz colonial de la filosofía continental. Desde el siglo XVIII se ha dado a la tarea de domesticar y constreñir la aesthesis.” (Mignolo 2015 17). Por lo tanto, esta colonialidad del sentir o estética colonial se comprende como una domesticación del sentir por medio de su jerarquización, la que a su vez se fundamenta en la idea de raza o en la racialización de la población humana, en la que lo europeo se constituye como el ideal de belleza.
Racialización y eurocentrismo
Identificamos como elementos coloniales que configuran o determinan el sentir (1) la racialización de la especie humana y (2) el eurocentrismo.
Con relación a la idea de raza, Quijano señala que:
Uno de los ejes fundamentales de ese patrón de poder [la colonialidad] es la clasificación social de la población mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la experiencia básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las dimensiones más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad específica, el eurocentrismo. (Quijano 2014 778)
Esta racialización de la humanidad posiciona a “la población blanca el lugar más alto, y a indígenas y negros posiciones de subordinación” (Herrera 104). Quijano (2014) comenta que “con el tiempo, los colonizadores codificaron como color los rasgos fenotípicos de los colonizados y lo asumieron como la característica emblemática de la categoría racial” (779). La razón de esta etnorracialización tiene un correlato económico, pues históricamente se ha asociado lo no-blanco al trabajo realizado por esclavos, que se constituyó en la base de la producción económica de los procesos colonizadores modernos (Dussel 2013).
Como se mencionó, la colonialidad como patrón de poder tiene como instrumento principal la jerarquización racial. Según Carballo y Herrera “la colonialidad se funda en la clasificación racial/étnica/sexual de los seres humanos. Esta clasificación ha sido soporte de la lógica imperial y ha sobrevivido a las diferentes encarnaciones históricas del colonialismo” (Mignolo 2015 16).
Para comprender mejor cómo se fue instalando en los países colonizados esta forma jerarquizada/racializada del sentir, recurrimos a lo que Dussel llama la construcción de una “estética eurocéntrica” (2018 24), que según él fue “labrada lentamente desde 1492, es decir, desde la modernidad” (24). Según Dussel, la modernidad/colonialidad llevó a cabo un esteticidio, es decir, una “negación del valor de todas las Otras estéticas” (24), las no europeas, juzgadas como primitivas, bárbaras, feas. “Será uno de los momentos cuando la matriz de la colonialidad del poder, la subjetividad, la cultura cobrará mayor impulso. La víctima dominada será juzgada como lo brutal, salvaje, con una fealdad estética inocultable” (Dussel 24).
La racialización y el eurocentrismo son como las dos caras de la colonialidad. La clasificación racial de la humanidad presupone la idea de una superioridad estética europea y viceversa. El esteticidio colonial llega al punto de negar o, a lo menos, considerar inferior la belleza no solo de las formas de vestir o de la arquitectura, sino que, incluso, de la piel no-blanca o de la forma craneal americana o africana.
Conclusiones: Estética colonial o colonialidad estética
La modernidad/colonialidad configura una manera común de sentir imponiendo una forma de comprender lo bello. Se podría afirmar que el proceso colonial instaló la idea de raza y el eurocentrismo en la conciencia de los colonizados. En este caso, estableciendo jerárquicamente lo europeo/occidental como el ideal de belleza a partir del cual se juzga toda la realidad.
Queda por dilucidar cómo se instaló esta forma colonial de sentir, cómo se hizo efectivo este esteticido, en última instancia, cómo el sujeto colonizado aprendió a sentir de cierta manera.
Al respecto, una posible respuesta podría encontrarse en lo que hemos denominado momento estético óntico. Al parecer, este momento determina el ontológico. Si esto es así, la manera colonial del sentir se configura a partir de la producción estética colonial. Como señalamos, los colonizadores instalaron el imaginario de que los modos de conocimiento y de producción artística europeo/occidental eran superiores. En otras palabras, la cultura europea de los dominantes se impuso por sobre la cultura de los dominados, desde su vestimenta hasta su literatura y sus símbolos religiosos. A partir de esto, las comunidades colonizadas han sentido lo europeo/occidental/blanco como lo bello y lo no-europeo como inferior, no-bello/feo.
Anteriormente, mencionamos que existe un correlato económico o productivo de la jerarquización racial. La esclavitud de los colonizados no-blancos se convirtió en el fundamento de la economía moderna. Al parecer, las diferencias raciales sirvieron de excusa para sostener este sistema productivo. Al mismo tiempo, la normalización de la esclavitud de personas no-blancas sirvió de dispositivo para la instalación de una forma de sentir colonial racista: si lo no-blanco es asociado con la población esclava y lo blanco con los que dominan, lo blanco se considera estéticamente superior.
Lo anterior es coherente con lo que menciona Dussel (2013), al señalar que el momento óntico o poiético propiamente tal, condiciona “materialmente toda instancia especulativa, ideológica y aún científica” (28). Podemos agregar que, el momento productivo o poiético condiciona materialmente el sentir.
Esta lógica se puede aplicar, además de la instancia productivo-económica mencionada, con mayor razón a la producción tecnológica y artística. La tecnología de los colonizadores, desde las armas hasta los utensilios domésticos, se instaló como un ideal superior, como una señal de civilización, como si los pueblos colonizados no tuvieran ya su propia civilización. Lo mismo sucedió con las obras de arte y los símbolos religiosos. Los colonizadores impusieron nuevas formas de producción artística como supuestamente superiores, el ya mencionado proceso denominado esteticidio.
En definitiva, parece ser que la forma de producción económica, tecnológica y artística funciona como instrumento que configura la forma de sentir, de percibir la belleza. A esto llamamos una estética colonial, una forma de producir y sentir impuesta desde la modernidad/colonialidad.
Referencias
Dussel, E. “Siete hipótesis para una estética de la liberación”. Praxis. Revista de Filosofía, no. 77, 2018, pp. 1-37, https://doi.org/10.15359/77.1.
Dussel, E. Hacia una Estética de la Liberación. Editorial Docencia, 2013.
Herrera, F. “Filosofía y Colonialidad. El invisibilizado compromiso de la filosofía con el colonialismo y la esclavitud”. Hermenéutica Intercultural, no. 40, 2023, pp. 93-125, https://doi.org/10.29344/07196504.40.3513.
Mignolo, W. Habitar la frontera. Sentir y pensar la descolonialidad. CIDOB, 2015.
Mignolo, W. “Reconstitución epistémica/estética: la aesthesis decolonial una década después”. Calle 14: Revista de investigación en el campo del arte, vol. 14, no. 25, 2019, pp. 14-33, https://doi.org/10.14483/21450706.14132.
Quijano, A. “Colonialidad y modernidad/racionalidad”. Perú Indígena, 13 (29), 1992, pp. 11-20.
Quijano, A. “Colonialidad del poder, Eurocentrismo y América Latina”. Cuestiones y Horizontes: De La Dependencia Histórico-Estructural a La Colonialidad/Descolonialidad Del Poder, CLACSO, 2020, pp. 861–920. JSTOR, https://doi.org/10.2307/j.ctv1gm019g.31.