La autoconciencia sabe poner de relieve en su fin un aspecto positivo (§135) que éste tiene necesariamente por pertenecer al propósito de un actuar real concreto. Esto le permite afirmar -para los demás o para sí- que por esa causa la acción es buena, pues ha sido guiada por un deber o una finalidad superior. El contenido esencialmente negativo de la acción está sin embargo al mismo tiempo en la autoconciencia, en cuanto reflejada sobre sí y, por lo tanto, consciente de la universalidad de la voluntad con la que se compara. Cuando se afirma que la acción es buena para los demás, se está ante la hipocresía. (Hegel, PFD §140)
En Principios de la Filosofía del Derecho (PFD) Hegel identifica el mal moral con el subjetivismo extremo y la hipocresía. El mal es definido aquí como “hacer predominar la propia particularidad sobre lo universal” (PFD §139) o “afirmar lo particular como esencial frente a lo universal” (§139). Esto implica que, para Hegel, el mal está en la “propia subjetividad” (§139).
Hegel comprende el mal como un mal uso de la voluntad o como un abuso de la libertad. Este mal uso o abuso ocurre cuando el sujeto subordina el bien ético objetivo al bien moral subjetivo, como resultado de considerar su propia capacidad de elección o arbitrio (Willkür) como la autoridad moral suprema o la fuente absoluta del contenido moral: Se trata de una inversión del bien moral.
El mal moral, indica Hegel, es necesario y no se puede eliminar (PFD §139), ya que se origina en la raíz misma de la libertad humana, por la que nos diferenciamos de los animales y podemos trascender las determinaciones naturales. Es decir, la misma capacidad que es esencial para una vida libre, la autodeterminación subjetiva, es también una condición esencial para la existencia del mal, es como la otra cara oscura de la libertad humana.
En la Moralidad, el bien o lo que le parece bueno a la conciencia es indistinguible de lo malo. El único criterio para definir qué es bueno o malo es, en términos kantianos, la buena voluntad. Sin embargo, esta puede aducir cualquier argumento para justificar sus acciones, aunque sean objetivamente malas. Aquí es donde aparece el mal en su forma o expresión social, la hipocresía (Heuchelei).
La hipocresía consiste, entonces, en afirmar ante los demás que una acción es buena aduciendo buenos motivos como “un deber o una finalidad superior” (PFD §140), sabiendo que es esencialmente mala. El punto es que, en la hipocresía, la justificación de una acción esencialmente mala es absolutamente formal. En este sentido, podríamos afirmar que se puede justificar, hipócritamente, una mala acción a partir de un principio moral supremo como la fórmula de la ley universal kantiana o el de la utilidad. Esto demuestra, nuevamente, la insuficiencia de la Moralidad para la realización del bien ético objetivo.
La hipocresía constituye, en su momento cúlmine, una forma de engaño social y de autoengaño. Este autoengaño es descrito por Hegel de la siguiente manera: “Quien comete una mala acción puede además encontrar en otras acciones suyas buenas y en su piedad -en general en buenas razones– una justificación para sí mismo del mal, transformándolo de este modo para sí en bien” (PFD §140b). Esto implica que el momento de la falsa verdad o la falsedad social de la hipocresía (el “fraude”) va produciendo en el sujeto mismo un convencimiento de que ese mal es ahora un bien. Esta es, para Hegel, “la última y más abstrusa forma del mal por la cual este se invierte en bien y el bien el mal, y en la que la conciencia reconoce ese poderío y se sabe como absoluta” (§140). Como decíamos, el mal consiste en la inversión del bien.
La insuficiencia de la Moralidad para proveer criterios morales objetivos hace necesario que el sujeto busque una fuente objetiva para la determinación de su voluntad hacia el bien real. Para Hegel, esa fuente objetiva del bien es la Eticidad, momento en el que se da “la identidad concreta del bien y la voluntad subjetiva” (PFD §141). En la Eticidad, el bien abstracto de la Moralidad es sustituido por un “bien vivo” (§142), es decir, “lo ético objetivo” (§144), que posee “un contenido fijo que es por sí necesario y una existencia que se eleva por encima de la opinión subjetiva y del capricho: las instituciones y leyes existentes en y por sí” (§144). De esta manera, Hegel admite la existencia de un bien superior al de la moral, a saber, la eticidad o vida ética, en la que somos realmente libres.
Contra el subjetivismo extremo, la Eticidad provee un contenido solido para la realización del bien, más allá de la mera certeza subjetiva. Es en el mundo social, de las instituciones, leyes y prácticas compartidas (como la familia, la sociedad civil y el Estado) que las personas pueden encontrar la fuente del bien objetivo. Estos contenidos son bienes reales o éticos y proveen un sistema fijo para que, precisamente, el sujeto no caiga en el mal moral y la hipocresía.
Tal como se ha ido explicando, la gravedad de la hipocresía, entendida como expresión social del mal, radica en que socava la vida ética. Esto ocurre en dos sentidos: Primero, la hipocresía alcanza niveles más extremos en la medida en que se nutre de las exigencias de las instituciones y prácticas objetivas o intenta socavarlas. La persona hipócrita, al declararse a sí misma como autoridad moral por sobre las exigencias éticas del mundo social, es decir, al invertir el bien moral y ético, utiliza las instituciones éticas como medios para satisfacer sus propios intereses, negando los bienes inherentes de los que son portadoras. En segundo lugar, la hipocresía corrompe y socava la vida ética destruyendo la confianza (Zutrauen) de la que depende el mundo ético en su conjunto.
Para Hegel, la confianza tanto institucional como intersubjetiva es la base para la vida ética, es la disposición ética y política por excelencia. Por lo tanto, la hipocresía, al corromper la confianza en sus dos dimensiones, daña profundamente la Eticidad y compromete la posibilidad de la realización del bien el mundo. En este sentido, el problema del subjetivismo extremo, ya denunciado por Hegel en el Prefacio de la obra, tiene que ver, sobre todo, con su capacidad de corromper la vida ética. Se trata de un mal radical, pues ataca y corroe las raíces de las instituciones jurídicas y las prácticas morales, socavando y destruyendo las normas de las que dependen.