Un Santo que no creyó en Dios

Miguel de Unamuno: el desgarro interior de San Manuel Bueno - Protestante  Digital
San Manuel Bueno, en la portada de la novela Ed. Cátedra.

A partir de algunos fragmentos de la novela San Manuel Bueno, mártir (1930)de Miguel de Unamuno se pondrá sobre la mesa una jugosa, interesante, enriquecedora y vieja discusión: ¿Es la religión el opio del pueblo? ¿Existe una religión verdadera? ¿Cuál es el objetivo de la religión? San Manuel, el sacerdote de Valverde de Lucerna, que llegó a ser Santo sin creer en Dios ni en la vida eterna, calando hondo en el corazón de los habitantes de su pueblo y también en el de quienes leímos su historia, tiene algunas respuestas a estas preguntas. Juzgue usted.

Si no estas familiarizado con la novela puedes leer su reseña breve haciendo clic aquí: RESEÑA: San Manuel Bueno, mártir (1930)

Archivo:Iglesia rural de Kalfatjorn, Suðurnes, Islandia, 2014-08-15, DD  110.JPG - Wikipedia, la enciclopedia libre
Iglesia rural, Islandia.

“Una vez pasó por el pueblo una banda de pobres titiriteros. EL jefe de ella, que llegó con la mujer gravemente enferma y embarazada, y con tres hijos que le ayudaban, hacía de payaso. Mientras él estaba en la plaza del pueblo haciendo reír a los niños y aun a los grandes, ella, sintiéndose de pronto gravemente indispuesta, se tuvo que retirar, y se retiró escoltada por una mirada de congoja del payaso y una risotada de los niños. Y escoltada por Don Manuel, que luego, en un rincón de la cuadra de la posada, la ayudó a bien morir. Y cuando, acabada la fiesta, supo el pueblo y supo el payaso la tragedia, fuéronse todos a la posada y el pobre hombre, diciendo con llanto en la voz: ‘bien se dice, señor cura, que es usted todo un santo’, se acercó a éste queriendo tomarle la mano para besársela, pero Don Manuel se adelantó, y tomándosela al payaso, pronunció ante todos:

– El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos, sino también para dar alegría a los de los otros, y yo te digo que tu mujer, la madre de tus hijos, a quien he despedido a Dios mientras trabajabas y alegrabas, descansa en el Señor, y que tú irás a juntarte con ella y a que te paguen riendo los ángeles a los que haces reír en el cielo de contento.

Y todos, niños y grandes, lloraban, y lloraban tanto de pena como de un misterioso contento en que la pena se ahogaba.” 

El desdichado payaso acaba de perder a su esposa, toda la escena está cubierta por un confuso manto de risas y lágrimas. San Manuel logró apaciguar la profunda pena del viudo con hermosas palabras y promesas que trajeron consuelo tanto al payaso como al pueblo que miraba el evento. Promesas vacías en la cabeza de un hombre que no cree en el reposo eterno, mentiras, ¿mentiras?, ¿mintió San Manuel?

Para San Manuel la vida en la tierra estaba llena de sufrimiento desde el momento de nacer, en palabras del sacerdote: “Ya lo dijo un gran doctor de la Iglesia Católica Apostólica Española, ya lo dijo el gran doctor de La vida es sueño, ya lo dijo que ‘el delito mayor del hombre es haber nacido’. Ése es, hija, nuestro pecado: el haber nacido”. En este sentido, el tesoro más grande de la vida consiste en encontrar el contentamiento de vivir, sin importar las razones que impulsen este contentamiento. Lo que te haga feliz, lo que le dé sentido a tu vida, lo que no dañe a otros, eso está bien.

“Yo estoy aquí para hacerles vivir” le dijo San Manuel al inquieto Lázaro “Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelen de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho.”

Se puede entender que las razones tras las “mentiras” de San Manuel no eran el provecho que podía sacar de las personas a quienes mantenía en este sueño. Eso se entiende por cómo describe Unamuno a su personaje: era un sacerdote completamente entregado a su pueblo, la figura de Jesús encarnada en un hombre sin Dios.  Su mayor motivación fue el consuelo y el contentamiento de vivir del pueblo al que amó con su vida, quiso contentarlos aún sin creer, pues su fe y propósito estaban en consolar al prójimo.

La historia de San Manuel no es perfecta, mucho menos irreprochable, pero ¡La literatura es posibilidad infinita! Miguel de Unamuno nos planteó una visión sobre la religión: entre una cruda verdad y una felicidad ilusoria, San Manuel eligió la última.

Y la discusión queda abierta: ¿La religión nos salva de una vida sin sentido, nos condena a vivir en la mentira?

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