La Real Academia Española lo define como “encuentro fallido o decepcionante”. Una descripción fría y precisa de un fenómeno que, sin embargo, esconde bajo la superficie una inagotable profundidad de sensaciones y emociones inefables. Si se contrasta con su antónimo, se tiene que el “acto de coincidir en un punto o más cosas” es el encuentro.
El desencuentro es el mal resultado de una apuesta. Al menos una de las partes estaría deseando coincidir, con el temor y la pena latente de fallar o decepcionarse.
Mario Benedetti en Viceversa expresa el anhelo del encuentro atado ineludiblemente al terror del desencuentro, como dos caras de una misma moneda.
“Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte”
Miedo, necesidad, esperanza y desazón son los términos que el escritor uruguayo utiliza para expresar el fenómeno de la expectativa al encuentro o desencuentro. La posibilidad latente del encuentro feliz alimenta su necesidad y su esperanza, no obstante, la experiencia de un viejo hombre de mundo, de letras y de amores, le hace saber que hay más probabilidad de fracaso. Ya en sus versos finales el autor expresa “/o sea/
resumiendo / estoy jodido /”.
Mala fue la apuesta del talentoso Orfeo, hijo de Apolo y Calíope. Decidido a rescatar a su amada Eurídice del inframundo, convenció a Caronte, durmió al terrible Cerbero, Sísifo y Tántalo quedaron extasiados por su valentía y su melodía, Hades y Perséfone se conmovieron al conocer el corazón desgarrado de un amante que estaba apostando todo por encontrarse una vez más con su amada.
La posibilidad del encuentro de Orfeo con Eurídice se logró al desafiar a la misma muerte. La condición: caminar de regreso a la superficie delante de ella, pero no podía darse la vuelta para mirarla ni una sola vez hasta que llegaran a la luz del sol. El resultado: cuando el trayecto estaba por terminar, los pies de Orfeo tocaron el mundo exterior, pero los de Eurídice estaban aún en la sombra. Entonces él la miró y sus ojos se cruzaron en un milisegundo, la misma duración en que ella fue arrastrada nuevamente al reino de la muerte. En efecto, un encuentro fallido.
Pedro Salinas en La forma de querer tú crea a un hablante que está aterrado por la posibilidad del desencuentro, aferrándose a la duda como un espacio seguro.
“Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.”
Aquí se elige la prolongación indefinida del instante previo al encuentro. El hablante prefiere habitar ese lugar antes que hacer la apuesta.
Sin duda alguna, existen innumerables ejemplos e intentos de expresar la exquisita mezcla de esperanza y terror que provoca el (des)encuentro; y se amplifica todavía más cuando se aventura este fenómeno al campo de lo intrapersonal y lo divino. Vivir es una constante exposición y apuesta. Los encuentros felices son posibles porque los desencuentros decepcionantes también lo son.
