Adaequatio cordis

¿Qué entendemos por sentimientos, afectos o emociones? ¿Qué ha dicho la filosofía sobre ellos? Estas y otras preguntas son las que intenta responder Hildebrand, tanto desde una perspectiva fenomenológica como cristiana.

Sabemos que la psicología y las ciencias cognitivas nos pueden decir bastante sobre los sentimientos y las emociones. Pero lo que me interesa es exponer lo que podemos decir de ellos desde la filosofía.

Comparto con Hildebrand que, en términos generales, la filosofía occidental ha relegado los sentimientos humanos a un plano inferior, como un fenómeno que compartimos con el resto de los animales, como impulsos que deben ser dominados por la razón y la voluntad, que serían las facultades superiores del ser humano.
En este sentido, el ámbito afectivo ha quedado limitado a la corporalidad, a la materia y a la irracionalidad, mientras que el ámbito racional y volitivo se asocia, comúnmente, a lo espiritual.
Frente a esto, Hildebrand plantea que existen sentimientos espirituales, que tienen su origen en el corazón, concebido como el centro de la afectividad humana.

Para entender mejor la propuesta de Hildebrand, trataremos nuestro problema a través de dos grandes temas: 1. El carácter analógico del término ‘sentimientos’. 2. Intencionalidad afectiva.

Una de las propuestas llamativas de Hildebrand es que el término ‘sentimientos’ es analógico y no unívoco. Esto implica que podemos llamar sentimiento tanto al dolor y al placer como al odio y el amor. Aun cuando son fenómenos muy diferentes. O sea, cuando hablamos del placer y del amor como sentimientos, no nos referimos a ellos en el mismo sentido, pues entre ellos guardan un grado de semejanza y diferencia a la vez.

Para entender mejor la diferencia entre estos sentimientos, Hildebrand los clasifica en sentimientos corporales, sentimientos psíquicos y sentimientos espirituales. Tanto los sentimientos corporales como psíquicos se caracterizan por ser estados emotivos no espirituales meramente causados por procesos corporales o psíquicos, o sea, obedecen a relaciones de causa y efecto. Por ejemplo, un dolor de cabeza, el sentirnos cansados o el placer de descansar, el hambre, la sed son sentimientos corporales, o sea, están causados por procesos fisiológicos, por fenómenos corporales.

Por otro lado, el estar deprimidos, el buen o mal humor, el sentirnos alegres a causa del alcohol son sentimientos psíquicos. A diferencia de los sentimientos corporales, estos no necesariamente dependen del cuerpo. Por ejemplo, podemos estar de buen humor a pesar de padecer un dolor físico. Sin embargo, a menudo coexisten y se influyen mutuamente. Así, el tener buena salud física o el sentir algún placer corporal genera en nosotros un sentimiento de alegría y buen humor.

Por su parte, los sentimientos espirituales son descritos como respuestas afectivas fundadas en la aprehensión de valores. Son respuestas del corazón a un acontecimiento, objeto o a estados de cosas valiosos que son captados por el entendimiento, con los que la persona entra en una relación racional, significativa y consciente. O sea, son vivencias intencionales.

Un estado de buen humor se diferencia claramente de la alegría, sufrimiento, amor o compasión en la medida en que falta, en el primer caso, el carácter de respuesta, es decir, una relación consciente y significativa con un objeto.

Hildebrand, Las formas espirituales de la afectividad, p. 37.

A partir de esto, Hildebrand señala que mientras que los sentimientos no espirituales son causados, las respuestas afectivas están motivadas por objetos externos a los que el corazón se refiere intencionalmente.

Esto nos lleva a nuestro segundo tema: la intencionalidad afectiva. Si entendemos los sentimientos espirituales como respuestas afectivas de carácter intencional, quiere decir que en ellas se da una relación significativa y consciente entre la persona y el objeto. O sea, no son respuestas meramente causadas, sino que son generadas o engendradas por la persona, en respuesta a un objeto. Por lo tanto, en ellas participa la persona entera en sus dimensiones racional, volitiva y afectiva. Dicho de otro modo, son sentimientos fundados en el entendimiento y la voluntad.

Como ya dije, estos sentimientos nacen de una aprehensión de valores objetivos, o sea, existe una relación de correspondencia entre la emoción y el valor. Por eso se puede hablar de actos valorativos-afectivos o de sentir o percibir el valor (valicepción).
Tal como la filosofía aristotélico-tomista planteó la adaequatio intellectus, Hildebrand plantea la adaequatio cordis, es decir, la capacidad del corazón, del centro afectivo humano de relacionarse intencionalmente con las cosas.

Esto significa, dice Hildebrand, una referencia muy especial al sentido y al valor del objeto, un conformarse con él, un plegarse a él, un acompañar y vibrar con la esencia y el valor del acontecimiento, adecuados a él. De manera análoga a como se realiza en el conocimiento y la convicción una adaequatio intellectus ad rem (adecuación del entendimiento con el objeto), se produce aquí […] una adaequatio cordis (adecuación del corazón) con el valor de ese acontecimiento.

Hildebrand, Las formas espirituales de la afectividad, p. 12.

En este sentido, Hildebrand se posiciona en contra de aquellas teorías que conciben la objetividad como una especie de neutralidad emotiva y como opuesta a la subjetividad afectiva. La afectividad no es opuesta a la objetividad, no existe una oposición entre objetividad y subjetividad emotiva. Existe, más bien, una relación de deber entre el valor y la persona. Cada valor portado en el mundo exige una respuesta adecuada, un sentimiento correcto. Por lo tanto, no hay tal oposición, a menos que creamos que no existen valores objetivos.

Es propio de la verdadera naturaleza de las experiencias afectivas que una profunda alegría o amor, aunque cada una posee un tema propio, está penetrada por la conciencia de que nuestra alegría o nuestro amor está objetivamente justificado y es objetivamente válido. Es, por tanto, un error deplorable ver la esfera espiritual y afectiva a la luz del subjetivismo, o creer que el comportamiento frío y razonable es más objetivo.

Hildebrand, El corazón, p. 99.

Esta correspondencia entre sentimiento y valor, dada la intencionalidad afectiva o adaequatio cordis, implica relaciones axiológicas asociadas a criterios como la profundidad y la superioridad o altura. Por ejemplo, mientras más elevado sea el valor más profundo y más elevado será el sentimiento. En este sentido, el propio valor del sentimiento depende del valor del objeto al que se dirige. No es lo mismo la alegría por una buena calificación que por la absolución de una persona inocente. No es lo mismo el amor por una prenda de vestir que el amor por la persona amada. Pues el amor y cualquier otro sentimiento espiritual puede tener una profundidad y altura diferente dependiendo a quién está dirigido.

Para terminar, podemos afirmar que el propio término ‘corazón’ es analógico, pues es usado por Hildebrand para referirse al yo real, la parte más íntima de la persona, su núcleo. Para él, aunque la voluntad y el entendimiento sean facultades que nos definen como personas, es el corazón, el centro afectivo el que nos define más profundamente. Cualquiera puede pensar como nosotros, de hecho, un robot, una IA puede pensar mejor que nosotros. Cualquiera puede querer y decidir hacer lo mismo que nosotros o cumplir un deber en nuestro lugar, pero nadie puede amar por mí, nadie puede amar como yo. El amor, el sentimiento espiritual más elevado, nos define como personas. Tal como lo dijo san Agustin: “Mi peso es mi amor, él me lleva doquiera soy llevado” (Confesiones, XIII, 9).

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