Ordo amoris

San Agustín en su estudio (Botticelli, Ognissanti)

Pondus meum amor meus; eo feror, quocumque feror (“Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado”)

Agustín, Confesiones, XIII, 9

Con esta frase, el filósofo y teólogo medieval africano Aurelio Agustín, conocido como Agustín de Hipona (354-430) nos señala que el motor que guía la voluntad humana hacia la acción es el amor. Para el Hiponense, la existencia humana está determinada por el amor, somos movidos hacia donde él nos lleva. Así como el amor es tan determinante en la vida de cada ser humano, también lo es en la vida de una sociedad. Para Agustín, la sociedad puede ser definida en términos de lo que aman aquellos que la conforman:

“El pueblo es el conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su amor”

(Agustín, La Ciudad de Dios, XIX, 24)

Aquí se puede apreciar que, para Agustín, la identidad misma de un pueblo, de una sociedad, está determinada por aquello que aman sus ciudadanos. 

Tan central es el amor en el pensamiento de Agustín, que sus escritos marcan un antes y un después en lo que respecta a la compresión de la ética y de las virtudes:

A partir de Sócrates, los filósofos griegos habían dicho que el hombre bueno es aquel que sabe y conoce, y que el bien y la virtud consisten en la ciencia. Agustín, en cambio, afirma que el hombre bueno es aquel que ama, aquel que ama lo que debe amar.

Reale y Antiseri (1955), Historia del pensamiento filosófico y científico, p. 399

Además, el amor está absolutamente relacionado con la relación del hombre con Dios, ya que no todo amor es correcto, sino que, lo es aquel amor que ama todas las cosas en Dios, es decir, ordenadamente. Esto nos lleva a analizar en qué consiste este ordo amoris.

Unde mihi videtur, quod definitio brevis et vera virtutis, Ordo est amoris (“Por eso me parece que la definición más breve y acertada de la virtud es esta: la virtud es el orden del amor”).

(Agustín, La Ciudad de Dios, XV, 22)

El texto citado es clave para entender la doctrina agustiniana del ordo amoris. Para Agustín, la virtud consiste en el “orden del amor”. Según el Hiponense, todas las cosas son buenas en tanto que criaturas hechas por Dios y que, por tanto, no hay nada malo en amarlas. Pero, existe la posibilidad de que se ame mal a una cosa buena. Ahora explicamos la razón:

Toda criatura, pues, siendo buena, puede ser amada bien y mal. Es amada bien cuando se guarda el orden, y mal cuando se perturba.

Agustín, La Ciudad de Dios, XV, 22

Este orden, en primer lugar, se refiere al orden de la creación divina; se trata de un orden jerárquico. Eso implica que hay seres más dignos de amor que otros; evidentemente, Dios, siendo el Creador de todo y Bien supremo, merece el amor de sus criaturas libres antes que lo creado. Por eso, Agustín llega a afirmar que el pecado es “anteponer en el amor la criatura, aunque buena, al creador” (Respuesta a Secundino, 17).

En segundo lugar, el orden agustiniano también se entiende como vivir de acuerdo a la jerarquía propia de las operaciones humanas. Dice Agustín:

Si esto que hace al hombre superior a las bestias -mente o espíritu- domina en él y tiene sometidos a su imperio todos los demás elementos de que consta el hombre, entonces es cuando se halla este perfectísimamente ordenado […] Por consiguiente, cuando la razón domina todas estas concupiscencias del alma, entonces es cuando se dice que el hombre está perfectamente ordenado.

Agustín, Sobre el libre albedrío, I, 8

El “orden del amor”, por tanto, se expresa amando a cada ser de acuerdo a su dignidad sustancial (ontológica, si se quiere), y al vivir gobernado por las facultades espirituales superiores del ser humano; en eso consiste la virtud. El ordo amoris tiene, entonces, dos dimensiones: una asociada al orden interior del propio ser humano y otra, al orden exterior de la realidad; y tiene como fundamento la recta relación con la divinidad y los demás seres.

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