Violencia muda

La violencia en la teoría de Hannah Arendt no se entiende sin otros conceptos, tales como poder, potencia, fuerza y autoridad. De manera breve, el poder es definido por Arendt, en Sobre la violencia, como “la capacidad humana para actuar concertadamente”. El poder, a diferencia de la potencia y la fuerza, que son atribuidas a un individuo aislado, “surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece en el momento en que se dispersan”. Por tanto, “el poder humano corresponde a la condición de la pluralidad, que implica el actuar y hablar juntos». Es decir, no hay poder si no hay personas que sean capaces de actuar y hablar concertadamente en el espacio público.

Por su parte, la violencia, aunque muchas veces aparece junto al poder, tiene rasgos distintivos y hasta opuestos. La violencia no requiere de la existencia de un actuar y hablar concertado. Debe entenderse como un medio, por eso Arendt dice que la violencia “nunca es posible sin instrumentos”, de ahí su “carácter instrumental”. La violencia es un medio para multiplicar la potencia natural o bien, para lograr el monopolio de la fuerza. Por esto, para Arendt, “la violencia es capaz de destruir al poder”, pero, “nunca puede convertirse en su sustituto”.

Por otro lado, en La condición humana, a partir de la distinción entre esfera pública y privada, Arendt señala que la violencia ocupa un rol importante en romper con la necesidad de la vida privada para pasar al ámbito de la libertad de la vida política. Según la autora, la fuerza y la violencia se justifica en la esfera privada «porque son los únicos medios para dominar la necesidad -por ejemplo, gobernando a los esclavos- y llegar a ser libre. Debido a que todos los seres humanos están sujetos a la necesidad, tienen derecho a ejercer la violencia sobre otros; la violencia es el acto prepolítico de liberarse de la necesidad para la libertad del mundo».

Al respecto, Arendt describe que en la Grecia clásica la violencia estaba íntimamente relacionada con el estatus de aneu logou, es decir, todo aquel que estaba bajo la violencia doméstica, como los esclavos y bárbaros, y, por tanto, fuera de la polis, estaba desprovisto de discurso. Por esta razón, la autora afirma que “sólo la pura violencia es muda”. Arendt explica que

Para el modo de pensar griego, obligar a las personas por medio de la violencia, mandar en vez de persuadir, eran formas prepolíticas para tratar con la gente cuya existencia estaba al margen de la polis.

Arendt, H. (2018). La condición humana, p. 40

La expresión griega recogida por Arendt para describir a los que están bajo violencia: aneu logou, es muy explicativa. Ellos son los “sin discurso”; expresión que, por supuesto, no se refiere solamente de alguien que no puede hablar, sino que, de alguien que ha quedado reducido a la labor y al trabajo, a la no-acción. Quien está bajo violencia ha desaparecido del espacio público y, por tanto, ya no puede insertarse en el mundo para comenzar algo nuevo, ni revelar quién es.

Así las cosas,

La violencia debe entenderse como la supresión de la condición que permite entendernos como humanos iguales y distintos, la pluralidad.

La violencia suprime la condición humana de la pluralidad y, en consecuencia, elimina la esfera pública, el poder, la vida política y su actividad por excelencia, la acción y el discurso. O algo que quizás es peor, la violencia instrumentaliza la acción y el discurso, es decir, convierte a estas actividades en medios. Arendt reconoce que acción y discurso tienen cierto grado de utilidad, por ejemplo, para “fines de autodefensa o de búsqueda de intereses”. Pero hace la importante salvedad de que “si no hubiera nada más en juego que el uso de la acción como medio para alcanzar un fin, está claro que el mismo fin podría alcanzarse mucho más fácilmente en muda violencia”.

Un ejemplo claro de cómo la violencia suprime la pluralidad es el caso de la tiranía. Refiriéndose a Montesquieu, Arendt señala que “la tiranía no era una forma de gobierno entre otras, sino que contradecía la esencial condición humana de la pluralidad, el actuar y hablar juntos, que es la condición de todas las formas de organización política”. Precisamente, Montesquieu identificó como característica sobresaliente de la tiranía el aislamiento, tanto del tirano con respecto a sus súbditos, como entre los mismos súbditos. Bajo la tiranía los súbditos se encuentran impotentes, es decir, incapaces de actuar y hablar juntos, se encuentran aislados entre sí, la pluralidad ha sido suprimida. En otras palabras, los súbditos se encuentran en un estado de «mudez» (aneu logou), o sea, bajo la violencia.

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